lunes, 11 de septiembre de 2023

 1.Sobre mi nombre

 

     Me llaman Rodrigo. El deseo de mi madre era ponerle así a mi hermano mayor, pero mi padre opinaba que era un nombre demasiado fuerte y parco para un niño. Así que él se llamo Carlos Armando; El segundo porque nació el 27 de agosto, día de San Armando. Finalmente, cuando existí yo, mi madre pudo materializar su deseo de tener un heroico Rodrigo. 

 

Es curioso que, en mis treinta años de vida, he tenido varios amigos Rodrigo, siempre tuve la teoría de que si se llamaban así: estaban guapos. También me queda claro que, en los noventa, aquí en México al parecer hubo un boom con el nombre y además la mayoría provenía de un mismo origen: ¿Lo intuyes no? Rodrigo Díaz de Vivar, el cid campeador. 

 

Mi madre cuando le preguntas porque su hijo se llama Rodrigo toma una postura orgullosa y platica que cuando era niña, escuchaba a su maestra hablar de las hazañas del héroe y eso le generaba una profunda admiración, se le inflaba el pecho de imaginar a un personaje tan valiente y con tal majestuosidad.

 

Rodrigo es un nombre de origen gótico, Hrodreiks, que se traduce como: El glorioso. El que lleva la gloria. Hombre famoso por su sabiduría. Guerrero famoso. Debo admitir que esto lo sé hace bastante tiempo, y a veces me genera admiración y confianza, pero a veces es un lastre muy pesado para mi y mi existencia. Pienso que la gloria o la sabiduría pueden llevarlo a uno a lugares interminablemente complejos.

 

Siempre he tenido temor a equivocarme constantemente en la realización de mi vida, a veces, siento ansiedad por sentir mi calma interior y mi verdadera esencia. A veces creo que yo mismo creé un contrato en el que me prometía estar bien siempre, llegar lejos, hacer sentir a mi familia orgulloso por mis actos, ser un tipo normal que va al trabajo y tiene hijos. Hoy, aquí sentado escribiendo, descubro que no he hecho nada de eso de manera adecuada. Tal vez, porque en el fondo se que no es lo que quiero. Un día decidí que la vida debía de ser de una forma y ahora salir de ahí me ha llevado una vida de fracasos y pérdidas que nunca podré comprender. 

 

 

Una persona que amo murió en mayo pasado. La realidad es que la presencia de la muerte fue algo que conocí temprano en la vida y me he despedido de personas que amaba a lo largo de esta.  He habitado ese espacio vacío y he aprendido también a salir y a cerrar la puerta. 

 

En esta ocasión, fue muy distinto. Cada instante de tiempo transcurrido en el proceso de verlo partir, de manera lenta y fulminante, cada cigarrillo de ansiedad, cada crisis de pánico, cada grito, discusión, cada silencio donde aparecía la muerte en las ventanas, todo se presento sin atenuaciones. La realidad me estaba sacudiendo con manos ciertas. Y en estos cinco meses, ha sido sólo habitar la vida cargando un dolor invisible o, en todo caso, nefasto de ver. Pienso que he perdido la mayor batalla de mi vida. Rodrigo, vuelve a casa derrotado. Y cuando vuelve lo envuelven con gloria. Pero no podrán desaparecer mi ira. Mi furia interna de conocer a Poncio Pilato, el concepto, en cada mirada, cada trato deferente, cada abandono. Se difumina mi percepción del humano. Y a veces un intento de atardecer me lleva consigo hacia una extraña calma. Soy un soldado herido. Y que importante es renunciar. Algo de mí murió contigo. 

 

Hace unos años elegí un nombre para mí. Y por algunos años me hice llamar Andrés Ludmilla. Pienso que adopte ese nombre porque deberíamos aprender a nombrarnos como a nosotros nos guste. Pero ser Rodrigo ha significado en mi vida también frutos estables, a veces dolorosos, son y serán aún por un tiempo parte de lo que soy y seré. 

 

                              2020

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