Silencio del desierto, enigma de la iguana
Hablar de mi padre diría que no me alcanza, tan solo queda hablar de lo que sé por lo que he escuchado o visto. Como un vil testigo de una humanidad defraudada. Inocencia infantil atacada por los perros voraces de lo que no se dice. Enigmática Infancia que todo lo repite, de todo se alimenta.
Rogelio debió ser muy guapo. Recurro a una vieja caja empolvada y lo compruebo rápidamente. Un hombre fuerte. Saludable. Parco como ha sido siempre. Forjado ante el hierro de mi abuela, una mujer iguana de tierra caliente que sabia disparar pistolas y defenderse adecuadamente del entorno salvaje en el que habitaba. Paso del Toro, Veracruz. Tomasa era una ejidataria temida en su pueblo, de niño me sentía atraído profundamente a su conducta agresiva, animal. Admiraba la manera en la que la veían otros hombres del pueblo. Una mezcla de respeto y desconfianza. Una mujer orgullosa de ser anciana fuerte e independiente, con propósitos de vida cercanos a patos, gallinas y discusiones fuertes.
Mi abuela eructaba y masticaba con la boca abierta, cosas que mi madre nunca aprobaría como una conducta posible… hoy permanece entre mis mejores recuerdos.
Tomasa me enseñó sin saberlo a amar la sencillez. A amar aquel lugar donde la vida es más tranquila y sigue su flujo corriente mientras nosotros ahí, sentados, pensamos y alimentamos necesariamente los dolores. Mi padre estaba enojado con mi abuela, a pesar de su amor profundo, existía algo en su corazón que lo hacía frio, inerte. Reclamo antiguo enfermo de artritis como cualquier necedad.
Mi padre fue un hombre que al parecer tuvo desde pequeño que ver por sí mismo. Joven sin el apoyo de su padre, un migrante italiano que nunca quiso darle el apellido, partió hacia la ciudad de México a estudiar Contaduría Pública. Graduado con mención honorifica, los mejores trabajos, viajes por el mundo; ver las fotos de mi padre me hace sentir ultrajado.
Aún recuerdo a aquél padre amoroso que me trajo al mundo; pero con el tiempo se ha ido desvaneciendo esa vitalidad de mi padre que admiré poco tiempo. Un hombre enigmático, un ilusionista. Era difícil leer su comportamiento. Nunca supe si mentía, o si en verdad su vida había sido tan fantástica. Matizaba los hechos de una manera increíble para alimentar nuestra capacidad de asombro. Mi padre era un gran impostor que dibujaba caballos cuando quería sentirse tranquilo. Un hombre ególatra y creativo. Amenazante y cordial. Un ser ausente que con su presencia cínica sacudía de dos manotazos su desconocimiento total de nuestra familia.
Tenía once años, mi padre cada vez más ausente, mi madre corroída, mi hermano mayor: la consecuencia. Una pistola guardada en un maletín de mi padre con combinación, que fue brutalmente atacado una noche con desarmadores de todos tamaños, fue la decisión final de mi hermano en este mundo. Tenía quince años.
Recuerdo esa pistola, que a veces mi padre solía sentarse a admirar. Recuerdo la bala que jugando encontré algún día: dorado opaco, un objeto casi insignificante. Recuerdo algún rincón donde debió haberse quedado atrapada en el polvo, llena de telarañas, abandonada. Bala en la esquina, desatendida, insignificante. Pero todo resurge y resurge titánico y allanador. Todo lo que olvidamos en las esquinas, revienta en un ataque psicótico de atención. ¿Me pregunto en qué grado yo también fui esa bala? Cosas sin importancia que quedan expuestas entre el polvo para más tarde volverse agentes de destrucción. Herencias disfrazadas de bienestar. Un padre ausente que de repente nota que al haber olvidado la esquina: la esquina no olvido su ausencia.
¿Qué habrá significado eso para mi padre? Nunca ha vuelto a ser el mismo. Recorre cenizo su vida, a veces haciendo paradas fortuitas en su reconciliación. Me duele mi padre porque nunca tuve la oportunidad de ser su hijo. No le entregue mi bondad y ahora él se encuentra ausente. ¿Dónde está? ¿En qué rincón permanece?
Marzo 2014
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